Prólogo



“La ciudad, el tren y la tempestad” no es una novela que simplemente se lee; es un laberinto que se habita. Esta obra se erige como una audaz arquitectura narrativa, donde se desafía la tiranía de la linealidad para revelar que el pasado, el presente y el futuro son espejos enfrentados en un eterno retorno.


Con una destreza técnica notable, el texto entrelaza tres realidades distantes utilizando un arsenal simbólico preciso —el cuadro, la tormenta, el tren— que actúa no como decorado, sino como brújula metafísica. Sin embargo, la verdadera maestría de esta pieza de orfebrería no reside en las certezas que ofrece, sino en las inquietudes que siembra.


Al cerrar la última página, lo que persiste no es un final, sino el eco de una duda filosófica: ¿cuánto de nuestra "realidad" es solo una construcción de la memoria? Este libro es un puzle intelectual diseñado para permanecer abierto, invitando al lector a habitar sus interrogantes mucho después de haber abandonado la ficción.