Story

El cohete

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La valla de seguridad tenía cuatro metros de altura y nadie la miraba. Todos miraban hacia el otro lado.

—¿Cuándo sale? —preguntó la mujer del sombrero naranja.

—A las once cuarenta y dos —dijo el hombre a su lado sin mirarla. Llevaba un termo que no había abierto.

—Son las once cuarenta y uno.

—Lo sé.

Algo zumbó en el aire. No era un insecto.

—¿Tú crees que ellos saben lo que hay allá? —dijo la mujer.

—Los astronautas estudian años para eso.

—No te pregunté si estudian. Te pregunté si saben.

El hombre giró hacia ella por primera vez. Ella seguía mirando hacia adelante.

—Son voluntarios —dijo él, como si eso respondiera algo.

—Claro que son voluntarios. —Hizo una pausa. —Eso es lo raro.

Detrás de ellos, un niño preguntó a su padre si el fuego iba a ser grande. El padre dijo que sí. El niño preguntó cuánto. El padre abrió las manos como si midiera un pescado. El niño no quedó satisfecho.

—Mi cuñado metió el currículum tres veces —dijo la mujer del sombrero naranja.

—¿Para la NASA?

—Para cualquier cosa que saliera fuera de la Tierra. Satélites, órbita baja, lo que fuera. La última vez le dijeron que tenía la vista demasiado buena.

—¿Eso es un problema?

—Aparentemente ve demasiado lejos y se distrae.

El hombre con el termo consideró eso. Tenía la boca un poco abierta, como quien está a punto de decir algo que todavía no ha pensado bien.

—Mi hija me preguntó anoche si la luna se ve igual desde allá arriba —dijo él.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no lo sé.

—¿Y no lo sabes?

—No.

—Nadie lo sabe —dijo ella. —Por eso van.

El zumbido volvió. Esta vez más largo, más bajo, como si viniera de abajo de la tierra y no del cielo.

—¿Tú irías? —preguntó el hombre.

Ella tardó. No porque no supiera la respuesta, sino porque le gustaba tenerla un momento más para ella sola.

—Depende.

—¿De qué?

—De si puedo volver.

—Siempre se puede volver.

—No siempre —dijo ella.

El suelo vibró. No mucho. Lo suficiente para que la mujer del sombrero naranja moviera un pie, buscara apoyo y, sin pensarlo, pusiera la mano en el brazo del hombre que tenía al lado, en el momento exacto en que el cielo se partió en blanco y naranja y el ruido dejó de ser ruido y fue otra cosa que entraba por el pecho, y el cohete comenzó a separarse del mundo despacio, como si le costara, como si supiera que no iba a encontrar nada mejor que esto, pero que debía ir porque no le quedaba otra.

La mano seguía ahí. Ninguno lo mencionó.

El niño de atrás dijo: —Yo quiero ir.

Su padre dijo: —Ya sé.



(continuará...)